TODO marchaba bien. Era la una y media de la madrugada y estábamos ya a algo más de 7.700 metros de altitud. Llevábamos varias horas escalando y, si seguíamos a ese ritmo, cumpliríamos nuestro objetivo de alcanzar la cumbre del Dhaulagiri (8.167 m) entre las 8 y las 9 de la mañana. Aunque el viento a veces tenía rachas un poco más fuertes y nos lanzaba nieve a la cara, las condiciones eran buenas y se ajustaban a la predicción meteorológica que habíamos recibido. Y, de repente, Carlos Soria, que caminaba junto con Luis López Soriano, conmigo y nuestros tres sherpas, Mickel, Dawa y Sangue, se paró, se apoyó sobre una roca y nos lo dijo: “Chicos, lo siento, pero no voy bien. Bueno, no voy todo lo bien que…