PARA empezar, podemos decir que Nil era sensibilidad, fuerza, elegancia, nobleza, voluntad, generosidad, orden y caos. Todo al mismo tiempo, con humildad y sin ruido. Era uno de los más grandes alpinistas que he conocido y al mismo tiempo era la negación de la arrogancia.
Un rasgo de Nil que me llamó la atención cuando le conocí, en 1978, en el ambiente ruidoso del refugio de paredes, en Montserrat, era que nunca levantaba la voz. En su actitud suave y pausada reunía una sensibilidad exquisita y una fuerza descomunal, una combinación insólita que, unida a su voluntad inquebrantable, le llevó a lugares de la conducta humana que para mí son galaxias inimaginables (desde el Annapurna en estilo alpino, en compañía de Enric Lucas, hasta el Polo Norte en solitario).
Territorios…