ENCARGAS un pequeño artículo de 1.200 palabras, reservas tres páginas de la revista y, dos días después de la fecha de cierre, llega a la redacción el texto del Quijote y una nota: “Aquí está. Perdonad, sé que me pedisteis 12.000 palabras, pero es que me han salido 15.000”... Fantástico.
Ponerle límites a Álex Txikon es algo así como recetar anfetaminas para combatir la hiperactividad, y cuando escribe lo hace al mismo ritmo que habla: sin parar. No se calla nada, lo cuenta todo –yo creo que casi sin pensar– y pasa al papel todo lo que le sale de dentro, como el vapor de una olla a presión, desgranando, detalle a detalle, “paso a paso” (como dice que sube los ochomiles) la historia que le hierve en la cabeza.…