Si Rudolf Nureyev hubiera sido atleta, sería Roberto Alaiz. El leonés, enfilado ya hacia los 30 años, es la zancada hecha arte. Dan igual sus títulos, sus marcas, sus gestas. Si él está corriendo, el magnetismo es instantáneo. Como esos monitores de hotel que emiten en bucle la imagen de una hoguera en una chimenea que, aunque parezca absurdo, no puedes dejar de mirar. Pues si corre Alaiz, no puedes dejar de mirar. Hasta que un día se quebró el ala del cisne y el atletismo prácticamente no pudo volver a mirarle.
Rober acaba de bajar del Veleta (3.398 metros) con varios amigos como Victoria Sauleda o Dani Arce. Hoy tocaba descanso, “pero ha salido el sol y...”. Y han tirado cuesta arriba, el monte para ellos, para no desperdiciar…
