Hubo un tiempo, hijo mío, en el que púberes e impúberes teníamos tiempo para todo. Jugábamos en la ca lle con piedras, palos y balones, en la casa con la consola o el ordenador, con amigos, espont áneos o familia… además, veíamos televisión, leíamos cómics, hacíamos deberes, activ idades extraescolares, alg ún que otro trabajo del colegio y, en los ratos perdidos, nos sentábamos al sol como lagartijas e incluso emulábamos su lengua retrácti l para comer pipas durante horas hablando de nada. Teníamos t iempo libre. Nos sobraba, incluso. Eso sí: no me preguntes por qué.
Cuando jugar era lo más
En esos años en los que tu padre desplazaba con soltura los mapas de bits ante los que me has visto sollozar en ocasiones invadido por la nostalgia,…
