Solo de imaginármelo, mi admiración se convierte en un profundo respeto. Recorrer el Norisring, el Anillo Norte o incluso el Spa Francorchamps con un aparato de tal calibre debe ser escalofriante. Subir el Eau Rouge en el pelotón, bajar la Fuchsröhre como llevado por el diablo, serpentear por el tramo Schöller-S; codo con codo con tipos como Quester, Ludwig o Stommelen, con un poco de chapa alrededor y una escuálida jaula que tal vez satisfacía las exigencias del reglamento, pero seguro que no las de seguridad. En suma: ¡In- cre- í- ble! Sobre todo en los tiempos que corren, en los que los coches de carrera son como los videojuegos y los héroes de la categoría reina, unas princesas.
Está claro a dónde quiero llegar. Sin duda, antes todo era…