Oigo como un ruidillo, es muy raro, no sé cómo explicarle”. Por fin has conseguido dar con alguien humano, es el recepcionista del taller, perfectamente trajeado, que te saluda por tu nombre de pila y te pregunta con una sonrisa y una cara que revela cierta extrañeza “qué haces aquí, tres semanas después de que te enviáramos a casa tu coche nuevo, no te esperábamos hasta dentro de mucho”. Lógico, tienes un eléctrico, de esos que no se estropean nunca. El recepcionista jamás te había visto, pero ya sabía más de ti que el propio teléfono móvil. Miras el local y, de repente te vienen a la cabeza los boxes de la Fórmula Uno. Verdaderos quirófanos, pulcros, todo inmaculado, como si semejantes coches no tuvieran aceite, ni quemaran gasolina, ni…
