La existencia de ruinas en la Luna, incluyendo la propia artificialidad de nuestro satélite; la evocadora y maltrecha esfinge de Marte, digna heredera de sus imaginarios canales decimonónicos; o la reciente irrupción en nuestro sistema solar del asteroide interestelar Oumuamua, de extravagante comportamiento y forma, constituyen excelentes y desiguales ejemplos de lo que, a falta de un término mejor, podríamos catalogar como arqueología cósmica. Por su parte, Avi Loeb, el afamado astrofísico de Harvard, prefiere referirse a estas anomalías como arqueología espacial extraterrestre, erigiéndose en la actualidad en su máximo representante.
Mientras ese cajón de sastre que denominamos ufología escudriña nuestro cielo y planeta en busca de evidencias de la visita, pasada o presente, de extraterrestres a nuestro mundo, una parte de los astrofísicos dedica esfuerzos a localizar a esos…