Desde los sesenta, los obispos influidos por el pensamiento social, e inclusive marxista, generado a partir del Concilio Vaticano II y la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín de 1968, se convirtieron en actores clave de casi cada movimiento social en México.
Fueron objeto de atentados, intrigas políticas dentro de la jerarquía católica, padecieron campañas de desprestigio, resistieron las presiones desde Roma y, a su paso por sus respectivas curias, protagonizaron polémicas intensas con grupos de poder caciquil, así como con el ala más conservadora de la Iglesia de cada región.
Sergio Méndez Arceo, obispo de Cuernavaca fallecido en 1992; José Alberto Llaguno, obispo de la Tarahumara, fallecido el mismo año; Bartolomé Carrasco, arzobispo de Oaxaca, muerto en 1999; Samuel Ruiz García, obispo de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, muerto…
