“ Conozco –escribió Albert Ca-mus– algo peor que el odio, el amor abstracto”. En nombre de él –llámese Dios, pueblo, raza, proletariado, democracia, dinero…– se han levantado a lo largo de la historia cadalsos, hogueras, campos de concentración y casas de seguridad; en nombre de él se humilla, se tortura, se desprecia, se insulta, se difama y se miente.
El amor abstracto vela el rostro del prójimo para sacrificarlo en aras de algo amorfo que se toma como absoluto. Cuando ese amor se vuelve el centro de la existencia, el que no pertenece a él pierde su condición de prójimo para volverse un enemigo, una cucaracha, una liendre o, en eufemismos, un fifí, un conservador, un chairo, en suma, un ser despreciable cuya existencia incomoda. Así procedió la propaganda nazi…