Entre los monstruos fantásticos creados por los mitos antiguos, los compuestos por muchos seres nunca, decía Borges, han augurado nada bueno. Son absolutamente destructivos en su desmesurada desproporción. Pensemos, por ejemplo, en el monstruo de la Eneida que personifica el Escándalo, hecho de miles de plumas, lenguas, ojos y oídos, o en la Fiera Arconte de la Visión de Tundale, en cuyo vientre habitan los réprobos atormentados por perros, víboras, leones, osos y lobos, o en el Leviatán de Hobbes, ese rey hierático cuyo cuerpo está compuesto de miles de hombres y que representa al Estado.
Mary Shelley, la esposa del poeta romántico Percy Byshee Shelley, concibió otro que, compuesto no de seres, sino de partes de cadáveres, auguraba las destrucciones de la modernidad: Frankenstein. Fabricado mediante un minucioso saqueo…