Cuenta Jorge Semprún que, a su llegada como prisionero al campo de concentración nazi de Buchenwald, notó que sus custodios jamás parecían mirarlo. Dirigían, sí, sus pupilas a partes de su cuerpo semidesnudo, un poco por encima de su cabeza rapada, a veces a las uñas mugrientas de sus manos, pero jamás a los ojos. Para los vigilantes todo en él era reutilizable –la grasa, los huesos, dientes, el cabello, la piel– salvo su mirada. No había espejos en Buchewald, así que Semprún se tocaba la cara por las noches para sentirse. Un domingo de abril de 1945 casi la mitad de los 55 mil detenidos en el campo se aventuran por la colina de Ettersberg, armados, harapientos y locos de salir, “en un impulso que se había vuelto reflejo”.…
