Las cosas de Dios parecen cosas de otros tiempos. Y lo son siempre, en un sentido esencial. Están aquí, en los negocios del mundo, en la pura, intrincada, infinita actualidad, y a la vez hacen y habitan la eternidad y los misterios y sus sombras y sus luces. Cae uno plenamente en cuenta de esto delante de hombres como Vicente Leñero, en el que coinciden los tiempos que transcurren y se agitan, se recuerdan, se prevén, se escriben, se imaginan, y los tiempos que son uno, todos los tiempos, tiempos verdaderos.
Leñero fue un escritor formidable, como saben todos sus lectores, curioso, afortunado tejedor de historias que buscan revelar las invencibles capas de todos los secretos. Poseyó además, sin alarde ni alharaca, un natural amor y sentido del idioma, el…