Estoy frente al escritorio, con el teléfono en manos libres, tomando notas en un cuaderno escolar de tapas blandas. La puerta se abre. De súbito. Somos poco remilgados en casa. Es mi hijo, 16 años, la urgencia por bandera. “Oye papá…”. Bloqueo el micrófono para que el interlocutor permanezca ajeno a la interrupción: “Ahora no cariño, estoy hablando con un payaso”. El crío se pone digno: “Joder, luego me dices a mí que hay que tratar a la gente con respeto”. Y se va, rápido, igual que vino. Lo agradezco, ya habrá tiempo para explicaciones. Pulso el botón y retomo la escucha sobre gorros, pelucas, chalecos de cuadros, pantalones de lunares, flores de plástico… Sobre un atuendo que llegó a la vida de Rafa Cros en el desenfreno de su…
