En una reciente tarde de charla en grupo de amigos -virtualmente- reunidos, saltó la confesión por parte de una de las integrantes. Hablábamos de nuestra actividad en las cada vez más numerosas, intensas y absorbentes redes sociales, de nuestra forma de expresarnos y reaccionar o, por el contrario, de nuestra forma de callarnos ante determinadas actitudes.
Y entonces, nuestra amiga, incrustó en la conversación una afirmación impactante, sin duda propiciada por la efervescencia de su tercera gaseosa. “Yo es que tengo dos cuentas para redes sociales. Una, la pública, en la que digo lo que debo, puedo y creo que no ofende a nadie. Y otra, en la que me muestro tal y como soy, sin autocensura, sin preocupación alguna de lo que piensen quienes lo lean”.
Dos cuentas, dos…