Evita todo lo que aumente la rabieta. Si el niño no quiere que le hablen, no le hables; si no quiere que lo toquen, no lo toques. Pero si él lo permite y eso lo calma, abrázalo, háblale o consuélalo como mejor puedas.
Puede ser útil hablar del niño, pero no al niño. Por ejemplo, dialogar entre papá y mamá: “¿Sabes que Laura ha estado hoy en el tobogán?”, “¿Ah, sí, ya sabe bajar por el tobogán?”, “Sí, lo hace muy bien”. Eso suele hacer que el niño preste atención, se calme poco a poco y acabe interviniendo en la conversación. Pero si ves que todo lo que intentas solo consigue que se enfade más, pues no intentes nada. Eso no quiere decir “dejarle llorar porque lo que tiene…
