Durante mucho tiempo hemos compartido una visión idílica, en incluso envidiable, de la persona perfeccionista, a la que contemplábamos como alguien segura de sí misma, con liderazgo y claridad de ideas, confiable, tenaz e incombustible al desaliento. De alguna manera, este perfil del perfeccionista definía a personas capaces de superarse, de encontrar soluciones a problemas ante los que otros habían hincado la rodilla, individuos que cuando se involucran en una tarea, lo hacen para hacerlo bien. Sujetos así, ejemplificadores del éxito, son la antítesis de aquellos otros que se muestran conformistas, descuidados y maleables, de los que rebozan y contagian incertidumbre y con frecuencia se asoman al fracaso.
Visto así, el perfeccionismo parece más una virtud que un problema, y de hecho puede ser muy ventajoso cuando se mueve en…